Oscilantes miradas perdidas
en los caminos de pisadas desgastadas
por el suplicio del tiempo resguardado,
que penden del hilo de la memoria de sus hijos,
de aquellos los olvidados,
los que viven y se alimentan
del vaho fermentado de memorias
salpicadas de palabras rancias.
Caravana de circo,
de tragafuegos y sollozos nocturnos,
de miradas trasnochadas,
de tejedoras de tiempo de manos incansables.
Estatuas de sal esparcidas de desprecio y abandono.
Todas,
lentamente avanzan hacia la mano piadosa
que esparce lluvia de oro al desvalido,
bajo el reflejo lastimero
de su inmundicia de ojos cristalinos
clavadas en las obstinadas líneas del destino.
Miradas cansadas de visiones anheladas.
Calles de cuerpos agazapados
lamen su dignidad entre los escombros
de voces gastadas de remolinos
de historias que detrás de la moneda
quedan olvidados.
Cada mañana al salir el sol "El Gus" sale de su casa ubicada en una de las muchas ciudades perdidas a las orillas de Iztapalapa, para dirigirse a trabajar en la línea 2 del metro de la ciudad de México, acompañado de su inseparable "pescado" de madera pintada por él mismo y con la estampa de San Judas Tadeo a quien le entrega toda la fe que las calles le ha dejado, ganando 30 o 40 pesos al día, tararea canciones de dominio popular, ranchera, romántica o lo que su estado de ánimo le dicte.
Con un destino infortunado y sin estrella que lo alumbrara al nacer, fue abandonado desde pequeño y educado por la escuela de la calle que entre cobijas de cartón y camas de rincones calientes de plazas solitarias es abrazado por la cruda pobreza que día a día lo recibe con un fuerte abrazo.
Solo en este mundo y sordomudo de nacimiento, con una gran sonrisa en la boca y con palabras cortadas a medio entender dice : Soy el Gus...me gusta cantar
Fantasmas de carne y hueso,
de brazos raídos por el contínuo paso de los días,
de días resquebrajados,
navegando en el barco de la inconciencia,
del obstinado ¿dónde? ¿por qué?, ¿cuándo?,
en espera del oscuro entierro del propio ser,
de santos olvidados
de almas de velas apagadas
de templos en ruinas de oraciones olvidadas.
Gilberto Gutiérrez, 71 años.
Transita por las calles y avenidas con un morral lleno de ropa usada con la que comercia en diferentes zonas de la ciudad, es pensionado de Liverpool en donde laboró por 28 años en el área de ventas, mirando hacia la nada y con voz grave comenta –era un buen vendedor, siempre ocupé el primer lugar–.
Yo a la vida la amo, gracias a Dios me ha ido muy bien y me gusta vivir aquí, es muy bonito México, pero no me gusta la basura en las calles, que los parques estén abandonados, da miedo a veces el sentarse en una banca por la gente que merodea por ahí no? La gente no sabe aquilatar lo que es nuestro país.
No sé cuando llegué a vivir de la calle, pero vivo en una casa para mi solo porque no me gusta que me oigan y no me interesa oír voces más que la mía. No me gustan los comedores populares, no es que me sienta más que la gente, todos somos hermanos y si alguien necesita abrigo le ofrezco lo que le puedo dar, por ejemplo un suéter, una chamarra, pero siento que no encajo en esos lugares, no me gusta.
Me gusta la soledad, siempre he sido muy solo, desde niño, tengo grupos de amigos, pero siempre me inclino por la soledad siempre y eso desde niño eh?. Salía al recreo en la escuela y siempre me gustó la soledad. Uno termina como ha estado acostumbrado a vivir, por ejemplo si veo que no me alcanza lo que me dan de mi pensión, inmediatamente me salgo a vender ropa, zapatos, lo que sea, para no quedarme sin comer y la vendo donde sea… Ando por todos lados, soy muy andariego!
Se dice llamar Lupita y es alcohólica, hace apenas 3 años salió de su casa para perderse entre la maraña de rumbos sin fin, duerme en la plaza de la ciudadela en donde los jardines velan su sueño inquieto. Profesó como maestra de primaria en el estado de México.
Darle de comer a los pajaritos es más bello, porque alimentas, das vida. Yo no me enojo mientras no descobije jefa. Estoy aquí porque me gusta bailar, me gusta la música, la gente alegre.
No hay atención para le gente que no tiene nada y que está en la calle porque tengo miedo de que lleguen en la noche cuando estoy dormida y me vuelvan a golpear, ¡mire madrecita!, cómo me dejaron toda morada, por "esta" que no les hice nada… a veces los polis me defienden, son gente madrecita, me dan de comer, pero en las noches estoy solita y me da mucho miedo... tengo miedo... tengo miedo...
A mi casa no voy, pa' que... no los quiero ver, pero en la calle jefa, me pegan, me maltratan me humillan, me picotean y por eso tomo, porque la calle da miedo y casa ya no hay.
La vida es triste... me gustaría tener mi casa, desayunar huevitos con café, decirle a mis chavos: tenga "mijo", ahí 'tán cincuenta, cien varos... que no me vean así, en la calle, pero "p'os" ni modo que yo me rinda jefa, ya perdí el valor civil, y no quiero llegar con mis chavos para decirles : ay! me pegan, ay! tengo miedo, ay! 'toy triste, p'os no, mejor que vivan su vida, que disfruten a mis nietecitos, no quiero que me vean mal... no jefa el valor civil de alguna manera es muy importante...
...que no pongan esa canción!… sabe cómo se llama mi chavo?.... vive en Otumba, pero no quiero que sepan que tengo hijo... tengo miedo... quiero verlo jefa...
Magdalena Valdivia, colaboradora y encargada del diseño de la Revista Enlace.