Hace unas cuantas semanas comenzó a circular por todo el mundo la noticia acerca de tres pescadores mexicanos que quedando a la deriva en una embarcación pesquera, justo enfrente al Puerto de San Blas, Nayarit, lograron la proeza de mantenerse vivos en mar adentro durante nueve meses, llevados por las corrientes marinas, soportando hambre y las inclemencias del temporal, hasta que finalmente fueron rescatados en las Islas Marshall, cerca de Australia. Esto fue motivo de múltiples comentarios, curiosas manifestaciones sociales y harta cobertura mediática, pero paulatinamente han comenzado a extenderse diversas dudas acerca de la veracidad de dicha hazaña. Quizás el caso llame a la suspicacia natural, no obstante, es también importante destacar que en este país existe muy poco conocimiento acerca de los pescadores, su entorno y sus capacidades, lo que abona aún más la incredulidad. Como ellos mismo dicen "el que no crea, ni modo".
El hecho de la supervivencia es de por sí sorprendente, pero lo sería doblemente o tal vez sería increíble si los sobrevivientes hubieran sido burócratas, contadores, antropólogos o diputados. El caso es que eran pescadores, un tipo de personajes que pasan la mitad de su vida en el mar, que están curtidos por los inclementes rayos de sol, que están preparados para realizar largas jornadas en pequeñas embarcaciones y que son diestros para utilizar artes de pesca que exigen de gran esfuerzo físico. Como antropólogo, durante los últimos 10 años he trabajado con pescadores y algo de lo que he aprendido me ayuda a tratar de asimilar la extraordinaria historia de los pescadores a la deriva (no náufragos porque nunca naufragaron). A continuación comparto con ustedes un pasaje etnográfico donde describo brevemente una jornada de pesca entre los pescadores de la costa de Michoacán*. Quizá esto pueda contribuir con un grano de arena, a dibujar el perfil de unos personajes bastante desconocidos e ignorados en el medio social de nuestro país.
13 de junio de 2002. Hoy es un día despejado y caluroso en Playa Azul, sobre todo a eso de las 12:15 del día, pero sobre todo por salir a pescar con un grupo que aceptó un pasajero más que prácticamente será un estorbo. Estoy a tiempo pues El Bolero me citó a la 1 de la tarde, a esa hora él junto con su equipo partirá a Maruata donde desde hace cuatro semanas mantienen un campamento de pesca junto con otras 6 lanchas de la cooperativa "Barra de Pichi". Allá los pescadores de Playa se mantienen por seis o siete días seguidos y la mayoría regresa a sus hogares los fines de semana para visitar a sus familias y dejar el dinero producto de su trabajo.
A las 12:30 en punto llego al local de la cooperativa. Es un pequeño cuarto de tabique con una fresca enramada y dos hamacas a unos cuantos pasos del mar. Ahí, El Viejo y otros dos pescadores me dicen que quizás no se va a poder hacer el viaje convenido pues los socios acordaron posponerlo para el mes siguiente. Creo que de pronto ven reflejada mi molestia, pues rápidamente rectifican y dicen no saber nada al respecto. Mientras tanto, me dispongo a esperar y a conversar con un grupo de jóvenes pescadores que recién ha llegado.
Espero 15 minutos y después un poco desesperado parto a casa del Bolero para ver que sucede. Toco la puerta y de inmediato sale su esposa, Doña Violeta, una mujer aproximadamente de 45 años, bajita de estatura, robusta, de piel clara y de trato cordial. Dos minutos después aparece Bolero con los ojos hinchados pues el impertinente visitante ha llegado a despertarlo de su placentero sueño. Bolero es de origen guerrerense, piel oscura, cabello ondulado, ojos saltones -como algunas de sus presas- y una expresión un poco taciturna. Viste como casi siempre, una camisa de manga corta, pantalones de algodón, huaraches de plástico y su infaltable gorra de beisbolista.
Maruata
La casa del Bolero está construida con una estructura de polines de palma, con paredes recubiertas de carrizo y techo de dos aguas cubierto con hojas de palma y laminas de cartón. El interior es una sola habitación rectangular con una puerta al frente y otra trasera. Junto a la puerta de entrada está una estufa y un trastero, más una mesa pequeña con dos sillas de madera que sirven como comedor. Luego, a mitad de la vivienda se encuentra una pared de carrizo que sirve de separación para dar privacidad a la recámara que se encuentra del otro lado, tras ella hay una cama, un ropero, ropa por todos lados y un televisor pequeño. En la parte posterior se encuentra la salida a un patio amplio con árboles frutales. El Bolero me dice que en un momento partiremos, que sólo es cuestión de que lleguen sus compañeros del grupo de pesca. Mientras tanto, doña Violeta le sirve el almuerzo a su esposo que consiste en pescado frito, frijoles y un refresco de cola. Por mi parte aprovecho la ocasión para platicar con la señora y pronto sale a relucir el pesar que siente de que su hijo mayor sea pescador: "yo hubiera querido que estudiara, que fuera cualquier cosa pero ya ve... mire, está todavía joven pero ya le duelen las piernas por el frío y la humedad. ¿Pero qué le vamos a hacer? Es que yo creo que el mar lo llama, él no puede vivir lejos del mar, es su pasión, seguro porque nació a la orilla del mar, es el único que tuve así".
10 minutos después llega El Mono, un personaje moreno y regordete a quien no parece que le pesen en absoluto los cincuenta años que lleva encima, pero eso sí, suele ser menos expresivo que un actor de telenovela. Más tarde, como a eso de la 1:15 p.m. llega Gabriel el otro tripulante, un muchacho flacucho de 17 años quien anuncia sin preocupación que no podrá ir de pesca pues no tiene dinero para el viaje. Sin inmutarse remata diciendo que si acaso lo consigue nos alcanzará al otro día por la mañana. Sin embargo, para echar a perder el plan de un día libre, me ofrezco a prestarle cien pesos a fin de que pueda apoyar a su equipo y nos acompañe a la jornada de pesca.
A la 1:30 p.m. vamos camino a Maruata en un camión de pasajeros de la línea Sur de Jalisco, el cual recorre la costa desde Ciudad Lázaro Cárdenas hasta Manzanillo, Colima. Pagamos cada uno un boleto de 70.00 pesos y vamos sobre una carretera desde donde se mira el mar, el litoral acantilado y donde una curva sigue indefectiblemente a otra. Durante el viaje Bolero me platica sus aventuras con Graciela y Chabela, dos antropólogas que llegaron a Playa Azul en 1984. Se ilumina su cara de felicidad cuando menciona el nombre de Chabela. Saca una fotografía dedicada y me dice: "¡Así que ahora vive en Suiza! Vas a ver, ahora sí le voy a escribir y le voy a decir: no, pues te ves igualita". Luego me siguió contando sobre una broma que quisieron hacerles, pues El Yuca y él les dieron de comer una sandía durante una jornada de pesca, esperando que con eso tuvieran ganas de orinar abordo. Un poco decepcionado de su trampa dice: "eran colmilludas pues se metieron a nadar al mar... les hubiéramos dicho que había tiburones", y ríe con un poco de malicia.
Después de recorrer casi 170 kilómetros en aproximadamente tres horas de viaje arribamos a Maruata, sin embargo, no llegamos precisamente al pueblo sino a una playa cercana llamada Maruata Viejo, debido a que fue un antiguo asentamiento de nahuas de la comunidad de Pómaro, que ahora únicamente es campamento pesquero, por lo pronto ocupado por gente de las cooperativas de Playa Azul. El lugar tiene forma de una pequeña bahía que deslumbra por sus hermosas aguas azul brillante, cercada a los lados por zonas de peñascos y con una playa de fina arena. En este sitio sólo se encuentran dos enramadas; una que sirve como cobertizo para proteger las artes de pesca, las hieleras donde se almacena el pescado y la báscula, y otra, provista con una estufa de barro donde dos mujeres nahuas preparan los alimentos para los pescadores.
En el transcurso de la tarde los pescadores se aprovisionan de lo necesario para su jornada de pesca. Unos recargan de energía eléctrica los acumuladores que son utilizados para encender el motor de las embarcaciones, o que prenden los focos que sumergidos en el mar atraen la carnada o que simplemente son usados para iluminar la noche. Otros, se dedican a revisar y reparar sus artes de pesca, se surten de insumos como agua, alimentos, gasolina y aceite, o bien, se encargan de conseguir la carnada necesaria para emprender el viaje programado.
Partiendo de Maruata Viejo
El Bolero es el motorista de su embarcación, es decir, el capitán, la autoridad máxima que decide sobre las cuestiones más importantes en el proceso de la pesca. Hoy, un poco fatigado por el viaje le pide a su hijo El Cuche -que desde hace días se encuentra aquí con su grupo- que me lleve consigo a fin de conseguir la carnada para que yo pueda observar como se realiza esa tarea. Pienso que el interés del Bolero más que tenerme bien informado busca para sí un poco descanso, lejos de la sanguijuela que se ha echado encima.
Aproximadamente a las 5:15 p.m. El Cuche, El Diamante, Don Vergüito y yo partimos a una pequeña caleta cercana para a conseguir la carnada. Estos tres pescadores son de una generación de jóvenes dedicados exclusivamente a la pesca, apasionados del surfing, aficionados a distintos géneros de rock y propensos a la vida "pacheca". Cuando llegamos al sitio preciso nuestros personajes fondean la lancha y desde la misma se dedican a lanzar una y otra vez la tarraya para conseguir media cubeta de pequeñas sardinas. Después de cuarenta minutos otras cuatro lanchas incluyendo la del equipo del Bolero se encuentran haciendo lo mismo.
A las 6:40 p.m. El Bolero, El Mono, el joven Gabriel y su atento servidor, finalmente zarpamos a bordo de una ligera embarcación. Inmediatamente nos dirigimos junto con una decena de embarcaciones a los bancos de pesca donde propiamente se lleva a cabo la jornada de pesca. En treinta minutos de trayecto estuvimos en el sitio convenido, exactamente frente a las costas de Cachán; aproximadamente entre 15 y 20 kilómetros de nuestro punto de partida y 5 kilómetros mar adentro.
En dicho lugar cada una de las embarcaciones comienza a buscar sus marcas hasta que finalmente El Bolero y El Mono acuerdan que están en el sitio preciso. Entonces los tres pescadores se disponen a sacar sus cuerdas, anzuelos y carnada, mientras yo hago lo mismo con mi libreta de anotaciones. Cada uno toma su lugar previamente acordado; El Bolero en la popa junto al motor, El Mono a la mitad de la lancha mirando hacia el lado derecho y Gabriel próximo a la proa pegado al lado izquierdo (y yo cercano a éste tratando de no estorbar).
La luz de la tarde mengua poco a poco. Uno a uno mis acompañantes tiran la cuerda al fondo del mar junto con la plomada y la carnada. Permanecen sentados, casi inmóviles mientras la cuerda se desliza en un pequeño tapete de hule que han acomodado en la orilla de la embarcación. Esperamos cinco, diez, quince minutos, hasta que Gabriel repentinamente se pone de pie y detiene con sus manos la cuerda que se ha puesto tensa. Con fuerza y destreza sus dedos atenazan el delgado hilo, que a veces suelta y otras veces jala hasta que finalmente vence a su presa, para levantar al aire un rojo huachinango que al momento de ser desenganchado del anzuelo aletea desesperado e incesante por el piso de la embarcación.
Casi al caer la noche El Bolero decide que es mejor buscar otro sitio de pesca pues después de cuarenta minutos la captura no ha sido satisfactoria. Todos de acuerdo partimos a toda velocidad hacia otro banco y nos separamos de las demás embarcaciones, hasta que después de 10 minutos paramos nuevamente en otra marca que decidieron El Bolero y El Mono. Muy poco tiempo después de llegar a este nuevo sitio, el panorama se ensombrece hasta que la oscuridad de la noche es estremecedora y, a la vez, placenteramente total.
Bajo una impresionante bóveda celeste y en medio de la inmensidad del mar la lancha ondea sin cesar acompañada del sonido marino. De vez en cuando un pequeño foco es encendido a fin iluminar la embarcación o para sumergirlo en el mar con la intención de conseguir carnada. De nueva cuenta estamos acomodados en nuestros respectivos lugares realizando lo que a cada uno corresponde: tres pescadores concentrados en la pesca con cuerda, más un etnógrafo que al mismo tiempo que se esmera en observar minuciosamente, se las arregla por mantener el equilibrio y contener los efectos de los mareos. El Bolero, El Mono y Gabriel pasan el tiempo afianzados a su cuerda, atentos a la menor señal que les indique que un pez ha mordido el anzuelo. Pese al ruido y la música grupera que emite un radio que llevan a bordo, los tres parecen ensimismados pues la conversación es fugaz y sólo se llaman para pedir algún utensilio, para comentar el clima o para hacer referencia a algún aspecto técnico de la pesca. A la vez, para no hacer la espera tediosa, El Bolero ataca a sus pulmones mediante una dosis sistemática de cigarros, y nosotros -no menos suicidas- tragamos el contenido deletéreo de sendas bebidas de cola.
Poco después de la 1 a.m. la carnada casi se ha agotado, así que Gabriel introduce al agua un foco de alógeno para atraer a sus presas y con una red en forma de cuchara logra sacar decenas de pequeños calamares. La empresa pesquera de los amigos sigue su marcha y "enrachados" comienzan a sacar huachinango, boba, sierra y ronco. La jornada parece repetirse continuamente mientras los esfuerzos son acompañados por la música de fondo de un pequeño radio, que impunemente emite la espantosa voz de un cantante que vocifera: "quiero que brindemos por ellas... mujeres divinas".
El tiempo pasa lento y el frío arrecia paulatinamente. Sin embargo, después de las 2 a.m. parece que los esfuerzos han sido compensados pues me doy cuenta que la captura ha sido creciente, hasta llegar a formar un montón de más de treinta kilos. La captura se entrega conjuntamente pero cada pescador marca cada una de sus presas para identificar sus montos individuales cuando se llegue el momento de pesar en tierra. En este caso, Gabriel pone una señal en la cabeza del pescado; El Mono con un cuchillo hace lo propio pero en la cola del animal, mientras que El Bolero como un privilegio del capitán queda exento de tal tarea.
Pasadas las 3 a.m. el grupo estima que el banco de pesca no retribuirá ningún esfuerzo más, por lo que será mejor echarse a dormir. Cada uno busca su lugar; unos recostados en el piso nos abrigamos con una manta y otros se quedan bajo un plástico para contener la brisa. Me piden que me ponga los zapatos, el suéter y la chamarra extra que llevo en la mochila. Al momento les explico que no hace falta, pero una hora después cuando se supone que todos dormimos les agradezco infinitamente la insistencia, pues la humedad de la ropa y el viento frío hacen estragos en mi entelerido ser.
Después de dos horas de supuesto descanso ya en la madrugada El Bolero, El Mono y Gabriel hacen sus últimos lanzamientos de cuerda para probar nuevamente la suerte, así la tenacidad se ve recompensada con una buena tanda de huachinangos. Para entonces por el horizonte marino asoma lentamente el sol, que imprime al cielo un tono cobrizo y al mar un tenue y entristecido gris, que me recuerda el manto marino de Fellini. Somnoliento contemplo el paisaje, mientras los camaradas apartan su propio pescado, le sacan las vísceras y lo lavan con agua de mar. Es entonces cuando emprendemos el regreso, todos conformes y satisfechos de haber hecho lo suficiente durante la jornada de trabajo. Pocos minutos antes de las 7 a.m. estamos de regreso en el campamento de Maruata Viejo. De inmediato se entrega la captura en la báscula donde Amelia Olea, una joven comerciante originaria de Tecomán que ayuda a su familia en el comercio de pescado, con libreta en mano va despachando a los pescadores recién arribados que esperan su turno. Finalmente todo se aclara: 11 kilos son
para El Bolero, 9 para El Mono, y 15 para Gabriel. Conformes y de buen humor nos dirigimos a la palapa de enfrente, donde en una larga mesa los recién llegados almuerzan y comparten los pormenores de la jornada pesquera. Cerca de las nueve de la mañana, la mesa va quedando vacía al tiempo que cada uno de los presentes encuentra una nueva tarea en que ocuparse o un lugar donde descansar.
Gabriel conversa con un grupo de pescadores de su generación mientras esperan que se recarguen de energía eléctrica los acumuladores para la siguiente jornada de pesca. El Mono observa atento y divertido a otro grupo de pescadores con más experiencia que junto con un comerciante foráneo se disponen a jugar una partida de dominó. Mientras tanto El Bolero ha encontrado su lugar en una hamaca, donde tranquilamente enciende un cigarrillo, baja la gorra hasta cubrir su cara y en unos cuantos minutos cae de su mano la bachicha: sabe dios en que mar estará soñando.
Maruata
Notas
* Esta narración se hizo con base en anotaciones de trabajo de campo entre los pescadores de la costa de Michoacán, investigación que próximamente será publicada con el título de Vidas a contramarea. Pesca artesanal, desarrollo y cultura en la costa de Michoacán, CIESAS-El Colegio de Michoacán.
Gustavo Marín Guardado, doctor en antropología y profesor-investigador del Ciesas Peninsular.