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MENSAJE DEL C. SUBSECRETARIO
Emma Godoy
(1918-1989).
Promotora de la dignificación de la vejez y de la creación del ahora Inapam

COMUNICACIÓN SOCIAL DEL INAPAM

Una luz en el camino.

FUNDACIÓN VIDA


PLENA "ING. DANIEL


LOZANO ADUNA", IAP

Edad de la abundancia.
Ancianos que producen

LOS 60, IAP

Un verano a plenitud.
Programa multiprofesional para atención del adulto mayor

CLAUDIA ALCARAZ


Los empresarios chihuahuenses construyen comunidad.


FUNDACIÓN DEL


EMPRESARIADO
CHIHUAHUENSE, AC




Detrás de la moneda.
Fotorreportaje
MAGDALENA VALDIVIA


Felices reflexiones de jóvenes de 60.
Taller de Redacción del Centro Cultural "San Francisco"

LAURA G. BERMEO
Y SUS ALUMNOS


Este lugar cambió
mi vida.
Testimonio Vida Plena
MA. LUISA ORTIZ


Éxito en la tercera edad.
Testimonio Los 60
LAURA MARÍN


Semejanza y medicina alternativa

MA. DEL ROSARIO SÁNCHEZ


Etnografía de una jornada de pesca
GUSTAVO MARÍN


Pinceladas urbanas.
Para pan, orejas...
PALOMA BRAGDON


El vals
GERARDO ROMERO et al.


Editografía PRODIA

Guías para el adulto mayor y su familia

Manuales para centros de atención de adultos mayores





Sin alburear, todas las mañanas la corneta despierta al vecindario, su voz se escucha como un débil rumor que crece anunciando el oficio del santo desayuno que está por comenzar.
En nuestra ciudad, el "defe", hay algunas colonias, sobre todo donde habita gente de la clase media y alta, en las que hace mucho tiempo dejó de resonar el pregón de los vendedores de pan, ya no se les ve montados en su bici, haciendo equilibrios mientras con una mano aseguraban su carga, con la otra maniobraban o palmeaban el trasero de alguna chula apretada.
Tampoco se les ve, pedaleando con un pié, mientras con el otro se peleaban con el hocico de algún perro callejero. La costumbre de vender y comprar pan en las calles para mucha gente se perdió, como para los residentes de "San Pedro de los Pinos", la mayoría de quienes prefieren acudir a panaderías como El Globo o El Alcázar. Pastelerías de abolengo, con tradición, fundadas en 1910...
Sin embargo, las costumbres en mi barrio persisten, las tradiciones resisten. Eso sí, con algunas adaptaciones porque los vendedores, ahora lo hacen a bordo de una tricicleta y llevan su canasta de pan en la parte delantera. Nuestro repartidor, por ejemplo, es un hombre joven, amable, pero nunca sonríe, tiene la mirada triste y adusto el seño. No se pelea con los perros ni dice piropos.
Su primera ronda empieza a las siete de la mañana en la calle "1º de Mayo", ubicada mero en la frontera entre las colonias "8 de Agosto" y "San Pedro". Hace sonar su corneta cada tanto, regularmente, mientras sube lentamente la empinada cuesta de "La Bajadita", nombre que toma la avenida "11 de Abril", en su tramo más inclinado, donde se ubica una cantina muy antigua que responde a esa denominación.
Poco a poco, se ven asomar las cabezas a través de los zaguanes de las vecindades. Algunos señores salen con las crías en brazos, tallándose los ojos, adormilados. Los niños ataviados con sus uniformes, escogen apresurados su pan favorito y se lo van comiendo rumbo a la escuela; las mujeres aprovechan para platicar entre ellas, mientras sostienen en su regazo las piezas calientitas y esponjadas dentro de una bolsa de plástico que ha venido a reemplazar el papel de estraza con que se envolvían antes.
Seguramente las prácticas de entrega de pan se han modificado, pero hay algo que permanece idéntico, los nombres: ojos de pancha, apasteladas, bigotes, chilindrinas, roscas, hojaldras, cocoles, cuernos, ventanas, chirimoyas, magdalenas, polvorones, semitas, campechanas, besos, gendarmes, teleras, niños envueltos, orejas, bolillos...
Pan dulce como nombre de mujer, pan salado o cocol como la suerte de los de mi barrio, pan que asusta como los gendarmes o el de muertos. Pan para ver como los ojos de pancha y las ventanas, conchas y campechanas para los desocupados, teleras para los lujuriosos, violines pa' los léperos, orejas para los que "cantan"...
Para nosotros, los vecinos del barrio, el ritual de la mañana, la llamada para comenzar el día, no se escucha a través de una campana que tañe tres veces con su voz pausada y melodiosa. Para nosotros la misa se escucha en el interior de cada cuerpo, de cada casa, en cada mesa donde el pan es de "a de veras" y en lugar de vino, algunos se curan la cruda –realidad desde muy temprano, con "caguama" y un bolillo.
Nuestra iglesia está al aire libre, su bóveda es el cielo, su fachada el periférico y sus paredes las calles, vecindades, jacales y guaridas subterráneas: no existen ministros para el oficio de vivir y "el pan nuestro de cada día" simplemente lo reparte un hombre con ceño adusto y mirada triste…




Paloma Bragdon, Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA), UNAM.
palomab@hotmail.com



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