Presentación

Reformar el municipio: autogobierno indígena y régimen multimunicipal
ARACELI BURGUETE


Errores de las OSC en México

TERESA GARCÍA


Salud, enfermedad y el orden de lo posible
NORA GARCÍA


Por una vida digna en la población indígena
VERÓNICA ROCHA


Servicio social en la comunidad mazahua de San José del Rincón

EDGAR ESQUIVEL


VIH-SIDA en Vicente Camalote, Oaxaca
JULIO FLORES et al.


Educación ética y aprendizaje-servicio

MA. INÉS PIAGGIO


Eduquémonos-Educando. Programa EBC: conocimiento y servicio

RAMÓN LEOS


Quesos, cajetas y dulces. Productividad en la Sierra de Pénjamo
RENÉ ZEPEDA


Sociedad civil y servicio profesional de carrera

ROBERTO MORENO



Cada quien sus santos

PALOMA BRAGDON


Consideraciones acerca de la vivencia maternal
NORMA MENDOZA


Narración extra ordinaria de un lugar ni tan lejos ni tan cerca
MARÍA VALDIVIA


Hospital General de México y sus ancestros
GERARDO ROMERO et al.


Altruismo y tejido social. Reseña



Llegó intempestivamente, así nomás, sin avisar, el suegro de Gisela apareció con una pequeña maleta en la mano y un inmenso desaliento en el alma.
— Sólo por unos días, aseguró sin dar mayores explicaciones y se instaló en el sillón de la estancia, donde no sólo dormía por las noches, sino pasaba la mayor parte del tiempo mirando la televisión y distrayendo el ocio con sus nietos, cuando regresaba de sus caminatas en busca de trabajo, de un futuro mejor y más independiente.
La rutina se volvió a instalar en la vida de aquella pequeña familia, para quienes compartir su pobreza no implicaba ningún sacrificio. El nuevo integrante era bienvenido, incluso un motivo de alegría para Gisela y sus tres hijos, con quien, la joven mujer al paso de un par de semanas tuvo un motivo para compartir algo más que la frugal comida y el techo de su vivienda.
Don Efrén, luego que se sintió "más en confianza" en la casa de su hijo, un buen día sacó de su maleta una cuadrito enmarcado en filigrana de plástico dorado con la imagen de la santa muerte, que yacía en el fondo envuelto en un trozo de papel de china descolorido, del que sus fuertes y enormes manos lo arrancaron para colocarlo en una repisa colgada muy cerca de la puerta de entrada. Era una mesita antigua en forma de semicírculo, laqueada y tallada en madera que Gisela y Samuel, su esposo, compraron en Tepito cuando eran novios.
Con el tiempo, de repisa, el mueble se transformó en una especie de altarcito sobre el cual ella fue colocando cuidadosamente los y las santas de su devoción como el niño-dios, el sagrado corazón de Jesús, la virgen de Guadalupe, ante quienes nunca olvidaba depositar flores, ofrendas y una veladora en los días señalados por cada festividad o en aquellos que como el martes simbolizan días cabalísticos para invocar el cumplimiento de deseos y lograr la protección del hogar contra todo tipo de males.
Cuando llegaron los niños de la escuela entre la bulla del cambio de uniformes y el hambre que todos traían, ni siquiera notaron aquel nuevo objeto, la parca inquilina no inmutó a nadie. Anocheciendo ya, Gisela fue por el pan y de pasada recordó que el día siguiente era martes y tenía que comprarle su veladora a la santísima virgen. A la mañana siguiente salió de puntitas para no despertar a su suegro y luego de dejar a los niños en la escuela, ya que todos se habían ido, antes de comenzar con el quehacer de la casa, encendió la veladora y la colocó frente a la estampa de la Guadalupana, al momento una chispa la luz iluminó el nuevo marquito de la virgen-muerte.
Mientras una extraña emoción recorría su cuerpo, recordó haber visto la imagen de gran tamaño y cuerpo entero en el callejón donde vivía su marido cuando se conocieron y, sobre todo, en un local del tianguis que se pone los domingos a unas calles de donde vive su suegra. Como no estaba muy segura de lo que aquella presencia le inspiraba, dejó pasar el incidente y siguió su rutina… El resto de la familia hizo lo mismo, -son ideas de mi papá, dijo Samuel, mientras se persignaba disimuladamente ante la santa visitante, quien poco a poco fue conquistando las simpatías de cada uno de los miembros de aquella familia. Lo primero que despertó aquella enlutada imagen en ellos, según las apreciaciones de Gisela, fue temor, respeto después y por último una devoción que, asegura, ha ido en aumento.
— Al principio me daba miedito quedarme sola con ella, sobre todo cuando estaba oscuro sentía como un escalofrío, como un viento rápido que soplaba muy cerca de mí, o de repente se abría un ventana o se azotaba la puerta de la recámara.
— Las primeras veces me perturbaba, me confundía, pero luego el viento se hizo tibio, como que me acariciaba y me entraba una paz muy bonita.
— Para mí que fue su forma de manifestarse y así nació mi fe por ella, así explica Gisela el súbito cambio de sus creencias.
— Sí, insiste, porque yo digo ¿no?; ¿por qué nunca sentí nada cuando le rezaba a los otros santos?, ellos nunca me dieron una señal de su presencia, jamás vi su protección de una forma tan real.
Así, misteriosamente, fueron desapareciendo lentamente las otras imágenes, estampas, milagritos, escapularios y medallas, hasta vaciar el escenario donde únicamente quedó la figura de la santa muerte que había dejado el suegro, quien un año después, tras mucho batallar, puso un puesto de revistas y periódicos, consiguió una nueva mujer y se mudó a vivir con ella, dejando a la santa huesuda olvidada en la casa de su hijo. También se mudaron Gisela y su familia, ya que económicamente no les estaba yendo bien y ya sin la ayuda del abuelo, prefirieron regresar a vivir a casa de la suegra de Gisela, pero la diferencia es que, después de envolver cuidadosamente la solitaria imagen, se la llevaron a seguir compartiendo con ellos alegrías y penas en una zona del populoso barrio de Tacubaya conocida como "CP" -una ciudad perdida y llena de delincuentes, al otro extremo del D.F- lejos de la colonia Las Águilas, donde Gisela nació y pasó toda su infancia.
— En Puerta Grande viví siempre, el departamentito que alquilamos tenía una vista padre, verde, verde, por allá todavía hay hasta ranchitos, estábamos contentos pero la renta nos pesaba y luego que se fue mi suegro, más.
— En cambio la mamá de mi esposo nos ofreció un terrenito con un cuarto al lado de su casa para empezar a fincar.
— Yo eso de salirnos de la otra casa, lo platiqué mucho con la santa muerte y le pedí que nos iluminara. No me puedo quejar, mal no nos va y estoy segura que es gracias a la virgencita, bueno porque aunque sea muerte, pero es virgen ¿no?
Ante preguntas así, en lugar de respuestas tontas, se antoja seguir indagando para conocer los detalles sobre la forma en qué se ha fortalecido el amoroso vínculo entre la santísima encapuchada y la protagonista de esta historia de la vida cotidiana. Para dilucidar el proceso a través del cual una piadosa e inofensiva ama de casa "de buenas a primeras" se transforma en apasionada y ferviente devota de un culto totalmente ajeno a su religión, tradiciones y creencias heredadas.
— En la iglesia católica esto de adorar a la muerte no es bien visto, a la familia de mi marido tampoco le gusta, pero no me importa porque antes yo nunca había sentido esta comunicación con la virgen, ni con ningún santo. Es como un calorcito que se me mete en todo el cuerpo y me relaja.
— Cuando estoy triste la acaricio y platico con ella todos los días, ya no le pongo veladoras porque en el cuarto que ahora vivimos los techos son de lámina y muy bajos, mi marido le construyó un nichito de madera y es peligroso, se puede incendiar. Pero no importa porque ya lo platiqué con ella y lo comprende bien.
Sin embargo, hay otras cosas en las que la Santa no transige, por ejemplo es muy celosa y no le gusta estar en la oscuridad, que sus devotos la oculten o que se avergüencen de ella. Todo lo contrario le encanta lucir, ser el centro de la atención, que se le rinda culto constantemente y no sólo con oraciones -que las hay por montones y para cada caso particular como la salud, el amor, el dinero, etcétera- sino con objetos materiales y con comida.
Gisela asegura que poco a poco ha ido creando sus propias maneras de complacer e interpretar los deseos de la virgen-muerte. Sus palabras me producen una gran inquietud, sabrá ella en qué momento o circunstancias se invirtió el binomio y la muerte mató a la virgen para ocupar su lugar en el imaginario de la joven. O, dicho en otros términos, cómo la nueva advocación sustituyó a la Guadalupana o a la de los Remedios, respecto de quienes la santa muerte manifiesta abiertamente a sus fieles no querer compartir créditos ni con ellas, ni con nadie so pena de un castigo ejemplar.
Yo digo, ¿dónde se había visto, si en las iglesias católicas todos, santos, vírgenes, niños-dios, padres-dios, cristos crucificados, beatos en olor de santidad y candidatos a la canonización, departen amigablemente? A lo mejor es una modalidad más acorde con la época, con esta nueva cultura del solipsismo que se empieza a desplazar de los monumentales recintos sagrados, a los cuartos de servicio, viviendas, vecindades, callejones; al interior de las coladeras, drenajes, cuevas, cárceles y todo tipo de viviendas improvisadas y clandestinas que cada día proliferan particularmente en los espacios urbanos y en las grandes poblaciones.
— Yo ya no voy a la iglesia, para qué si todos los días le rezo a mi santita.
— La oración la hago al mediodía y en lugar de veladora le hago sus ofrendas. Siempre consisten en cosas a las que les tengo cariño, aprecio, que significan algo para mí pues, como un perfume, una manzana, dulces y últimamente hasta la procuro con los juguetes que mis hijos ya no usan o con algún adornito de los que mi niña la más chiquita ya no se pone.
Cuando Gisela dice "mi santita" se refiere sólo a la de su propiedad, porque aquella que llevó el suegro, la imagen del cuadrito gracias a la que conoció a su protectora, la substituyó por otra de bulto, que compró en el mercado que se pone los domingos del otro lado del periférico. ¡No!, si el lector está pensando que se deshizo de la imagen inicial, se equivoca, hay que recordar que la santa muerte es muy "sentida" y muy rencorosa, no perdona ningún desaire. Gisela dice incluso que si se ofende se va de las casas "pero se lleva todo lo bueno que trajo y le cae a uno la mala suerte".
Bueno, pero ¿entonces por qué la reemplazó cuando se fueron a vivir con su suegra? Primero que nada porque la imagen anterior sigue siendo del abuelo.
— A él se la curaron y ya sabrá porque la dejó, pero eso sí ahora le está yendo rete mal, más que antes, asegura. — De todas maneras a la santa muerte que dejó mi suegro la tengo en el mismo altar que la mía, a un ladito para que también se pueda lucir, que como dije es lo que más le gusta.
El otro motivo es porque la pareja que forman Gisela y su marido -quien poco a poco también se fue haciendo muy devoto de esta enlutada virgen- querían comprar su imagen a su gusto y que se la "curaran" a los dos.
— Hay de muchos colores, morada que es justicia, verde para la salud, negra para cortar las malas energías, amarilla para atraer el dinero, roja para el amor, azul que ayuda para abrir la mente, pero nosotros la quisimos blanca que significa protección y salud.
— La nuestra es de hueso, pero hay de otros materiales como la cera, es grandecita para que todos la vean y blanca para que resalte en su altar, en la orilla de su vestido tiene muchos símbolos como arroz, trigo, alpiste, además de animales y amuletos de buena suerte, elefantes y herraduras adornados con brillitos como de diamantina.
— La curada va incluida en el precio y consiste en un tratamiento especial como rezos, limpieza con hiervas diferentes, baño con alpiste y chochitos, encomendaciones para sus nuevos dueños, etcétera, todo por cien pesos, pero vale la pena ¿no?, es el chiste.
Yo pienso que seguramente sí, y ella confirma mi idea cuando me relata uno de los favores que ya ha empezado a recibir de la muerte, quien de acuerdo al relato, de parca en la otra acepción de la palabra no tiene nada, más bien parece que se trata de una mujer muy pródiga y ostentosa.
— Hace cerca de dos años, cuando ya vivíamos aquí en esta colonia, Samuel empezó a salir con otra señora y andaba muy volado, hasta me pidió que le diera tiempo para saber si quería "juntarse" con ella y abandonarnos a sus hijos y a mí. Yo estaba muy triste y le pedí más que nunca a mi santa que me ayudara para retenerlo.
— Además le regalé a mi esposo una medallita de plata con la imagen de la santa muerte que tenía en sus manos una guadaña para que lo cuidara y cortara esa mala energía, que lo alejara de su compañía y de su influencia.
— Sí, porque para mí que la señora esa le estaba haciendo un "trabajito". Al poco tiempo dejó a aquella mujer y nunca más la volvió con ella, ¿ve? eso es lo bueno de que nos curaran la imagen a los dos y ahora que me acuerdo, también venden las imágenes dobles, en pareja es decir: la santa muerte y su compañero, pero a él no se le ve la calaca, quiero decir los huesitos de la cara, de las quijadas, la dentadura, ni los huecos de los ojos.
Le pregunté muchas cosas más sobre cómo ha ido construyendo su fe. Quise indagar a fondo sobre esa inobjetable seguridad que tiene de la presencia de la santa muerte y de sus formas cada vez más frecuentes y familiares de "manifestarse", como ella dice.
Para todo tiene una explicación-intuición, menos para la forma en qué aquella emisaria del más allá y del más acá, se coló en su vida y ahora la dirige y la organiza a su antojo. De cualquier forma Gisela es una mujer respetuosa y muy tolerante, nunca trata de convencer a nadie de las ventajas de encomendarse a esta nocturna enamorada del brillo, de la claridad, de la luz y de las cosas mundanas.


Sobre este proceso, mientras Gisela me contaba otra anécdota muy reciente de la imagen, se me ocurrió que probablemente de ese relato podría obtener una pista que iluminara mi reflexión sobre la conexión histórica-familiar entre este micromito que ha nacido en el seno de su hogar, las condiciones que lo favorecieron y las trayectorias que lo mantienen vigente.
— Como le digo en la casa de mi suegra no quieren a la imagen, el otro día hasta le echaron sal, estoy segura que fue la abuelita de mi marido porque ella siempre anda queriendo obligarme a que bese su imagen de San Judas.
— Si yo no me meto con ella, ella que no se meta conmigo, cada quien sus santos ¿no? El asunto es que como no estoy segura de quien fue, le hablé a mi tía la curandera para saber qué onda. Ella me dijo que no moviera la virgen de su lugar, ni la sal tampoco, además me explicó que la misma santa muerte me protege contra cualquiera que me quiera hacer daño, así que dejé todo como estaba.
— Y si creo que no pasa nada porque por ejemplo mi esposo se quedó sin trabajo y luego luego le consiguieron otro, ya estamos construyendo a un ladito de la casa de su mamá y yo como quiera ayudo con lo que me gano haciendo el quehacer en las casas. Problemas de que me pongan el cuerno ya no he tenido, Samuel se porta muy bien y quiere mucho a sus hijos, estoy muy enamorada de él, mi familia y yo somos felices, tenemos salud no nos podemos quejar.
— Por eso cada vez más soy más creyente de mi santa muerte, ella nos protege mientras no le demos la espalda porque si no, igual que trae cosas buenas, si uno le falla le cae la maldición encima y el castigo para siempre.
Dos ideas se me ocurrieron sobre lo que me platicó Gisela, la primera respecto a la tía curandera, ya que convivir desde pequeña con ese sincretismo entre la religión católica y las prácticas a que siempre estuvo acostumbrada y a las que sigue recurriendo como "limpias", trabajos para el amor, curaciones de todo tipo, lectura de la suerte y el futuro, así como toda clase de rituales y rezos, mezclados con hierbas, amuletos y piedras mágicas, seguramente le permite mayor apertura y tolerancia para enfrentar su mundo de vida y el de los demás.
La segunda cuestión es relativa a la cuota simbólica de significantes con los que tiene que alimentar permanentemente a la santa incolmable. Esa mujer virgen y muerte a la vez demanda continuamente de su atención, hay entre ellas un intercambio simbólico pero está basado en el amor y en el temor al mismo tiempo.
El vínculo que une a Gisela y a la santa muerte es personal e indisoluble; se ha construido a través de sus diarias interacciones, no requiere de una membresía, de una filiación o de un ritual colectivo, ellas tienen una forma de comunicarse propia: lo comparten todo.
— Cuando uno entra en esto ya no se puede salir, es un pacto sagrado, si no se cumple hay que atenerse a las consecuencias, pero yo por mi parte estoy muy contenta con ella, ya no me siento sola nunca y siempre me da un gran consuelo y buenos consejos, nunca la voy a dejar.
— Poco a poco he ido aprendiendo sobre ella, algunas cosas en las revistas y libros que venden, pero la mayoría forma parte de lo que ella y yo platicamos todos días.
— Con eso no le hago mal a nadie, además mi familia está de acuerdo, si a los demás no les gusta nimodo, por eso le vuelvo a repetir: cada quien sus santos…

Tacubaya, 2006.


Paloma Bragdon, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM. palomab@hotmail.com