Presentación

Reformar el municipio: autogobierno indígena y régimen multimunicipal
ARACELI BURGUETE


Errores de las OSC en México

TERESA GARCÍA


Salud, enfermedad y el orden de lo posible
NORA GARCÍA


Por una vida digna en la población indígena
VERÓNICA ROCHA


Servicio social en la comunidad mazahua de San José del Rincón

EDGAR ESQUIVEL


VIH-SIDA en Vicente Camalote, Oaxaca
JULIO FLORES et al.


Educación ética y aprendizaje-servicio

MA. INÉS PIAGGIO


Eduquémonos-Educando. Programa EBC: conocimiento y servicio

RAMÓN LEOS


Quesos, cajetas y dulces. Productividad en la Sierra de Pénjamo
RENÉ ZEPEDA


Sociedad civil y servicio profesional de carrera

ROBERTO MORENO



Cada quien sus santos

PALOMA BRAGDON


Consideraciones acerca de la vivencia maternal
NORMA MENDOZA


Narración extra ordinaria de un lugar ni tan lejos ni tan cerca
MARÍA VALDIVIA


Hospital General de México y sus ancestros
GERARDO ROMERO et al.


Altruismo y tejido social. Reseña




Suena mi teléfono, era Alex. Tartamudeando y apurado me pidió que fuera a recoger un cheque con mi identificación a la oficina en donde trabaja que queda solo a tres casas de mi departamento. Yo ya estaba en pijama, disfrutando lo pachoncito de mis grandes pantuflas de garras de oso, saboreando unas ricas palomitas (sin mantequilla, por supuesto) frente a la televisión y sin una pizca de ganas de levantarme, estaba a punto de hacerme una mascarilla con lo primero que me encontrara en el refrigerador y así tener el pretexto de no salir y no abrirle a nadie, en sí, tirarme como una vil vaca sin sentir remordimientos de dama provinciana.
— Esta bien, ¿a qué hora?... ¿¡ahorita!?... bueno, diles que voy para allá… sí, sí, de qué, adiós.
Lentamente y con desgana me puse el pantalón, tomé de mi bolso mi identificación, y me dispuse a bajar las escaleras.
Llegué al mencionado lugar, de pronto escuché una vocecita dentro de mi cabeza: …tocas el timbré de la derecha… Al tocarlo, sentí un fuerte calambre que me recorrió rápidamente todo el brazo hasta sentir la cara retumbar ...toca con el palito de madera que está encima de la caja de los botones, porque tiene un falso contacto… nuevamente la vocecita… a buena hora llega. Con la mano aún temblorosa, tomé el palo y toqué el timbre.
— ¿Quién?, me respondió una voz gangosa y aguda.
— Vengo a recoger un cheque para Alejandro, contesté.
— ¡Ah sí!, pase, jale la puerta…
Tomé la enorme puerta de metal, y el mismo calambre me recorrió por todo el brazo hasta llegar a la punta de mis pies.
— Con cuidado, que dan toques, se volvió a escuchar por el interfón la voz gangosa y aguda.
Sin comentarios, pensé. En el interior había un pasillo oscuro y sucio, lleno de aceite de motor y con varios carros como de los años 50 que al parecer estaban abandonados.
A un costado se encontraba otra puerta por la cual entraba a un recibidor en el que había dos oficinas con las puertas abiertas que despedían una tenue ráfaga de luz. En la primera puerta salía demasiado humo y se alcanzaba a ver a un señor de muy avanzada edad, con chaleco y un moño en el gaznate, conectado a un tanque de oxígeno y suero, se encontraba frente a una computadora y fumaba un puro. Me acerqué para preguntar donde estaba la oficina de publicidad.
— Buenas tardes, dije.
— …cof!, cof!, cof!... agrrrrr!... cof!, cof!, cof!... cierre la puerta… cof!, cof!, cof!... agrrrrr! …
Paralizada y llena de asco al ver como ese anciano derramaba un líquido café por la boca sin soltar un pequeño puro que mordía con sus dientes, cerré la puerta inmediatamente como él lo ordenó y traté de pensar que no había pasado nada.
Rápidamente me asomé por la puerta adjunta y lo único que pude ver fue a una niña con su uniforme de primaria con los labios pintados de rojo sin delinear tras un escritorio lleno de papeles y notas.
— Buenas tardes, ¿a quién buscas?, me preguntó con un tono infantil y decidido.
Le pregunté por la oficina donde trabajaba Alejandro, solo me señaló hacia arriba con su manita con dedos y uñas pintados color carmín.

Miré atrás, solo una escalera sucia y oscura como todo lo demás. Subí, en los escalones papeles viejos formaban un camino ascendente, el cual llevaba a un pasillo largo, una puerta abierta a mitad de éste con luz tenue me indicaba que algo vivo respiraba ahí, caminé siguiendo la luz, al acercarme un poco más, alcancé a distinguir al final del pasillo otra oficina sin puerta y en penumbras, dentro de ella una silueta de un hombre obeso sentado daba la espalda a la que debería ser la puerta de ese cuarto, con paso lento seguí, de pronto, de la oficina sin puerta salió un hombre corriendo emitiendo sonidos agudos e incomprensibles como balbuceos o palabras cortadas no muy claras, con los brazos arriba agitando las manos, en una de ellas sostenía unos papeles y con la otra hacía una mímica extraña que juntaba y separaba el pulgar con las puntas de los dedos restantes una y otra vez al unísono de los sonidos que emitía, entró a la oficina de luz tenue a la que me dirigía, me quedé parada, con la boca abierta y esperando el desenlace. Segundos después salió haciendo lo mismo, caminando muy rápido se fue hacia el cuarto por donde había salido.
Seguí con paso tembloroso, al llegar a mi destino me detuve en la puerta, mirando de reojo hacia final del pasillo, por si el personaje extraño volvía y así estar preparada para correr.
— Buenas tardes, dije.
— Que tal, buenas tardes, me contestó sin voltear a verme, una mujer obesa, muy obesa, llena de cadenas de oro, el cabello rubio, muy rubio y un vestido lleno, muy lleno de lentejuelas que se encontraba sentada tras un escritorio con inmensas torres de notas y recibos, una sumadora empolvada muy antigua que no dejaba de teclear.
— Vengo por un cheque para Alex, dije al mismo tiempo que le mostraba mi identificación.
— No es necesario, con una amable sonrisa, me dio un papel doblado en cien partes.
— ¿No le firmo nada de recibido?
Con una agradable mueca me dijo que no, me cerró el ojo, sonrió y siguió tecleando.
— Muchas gracias… hasta luego… Por supuesto que ese hasta luego fue solo por amabilidad, porque no pensaba pararme en ese sitio nunca más.
Bajé por las escaleras lo más rápido que pude, al llegar a la puerta de la calle pensé en la electrocutada que tendría al abrirla, pero no me importó, solo quería irme, y cual fue mi sorpresa, que al tocarla, dejé de sentir por un momento la tensión en mi nuca, pero jalé la perilla y me quedé con ella en la mano… ¡Dios, no por favor!... mis piernas empezaron a temblar y los bellos del rostro se erizaron en cuestión de segundos, busqué desesperadamente algo para abrir esa puerta que me llevaría a mi vida tranquila, lejos de la locura cosmopolita, jalé un ganchito de la cerradura y la puerta se abrió.
Salí por fin de ese lugar lleno de trogloditas salidos del Aleph de Borges, y como en casa, nos educaron con ese cierra la puerta, qué traes cola, tomé la puerta para cerrarla, y una vez más sentí ese horrible calambre desde la punta de mis pies, hasta la del cabello más largo de mi cabeza.
Cuando llegué a mi casa, no sabía que tenía derecho a sentir, si asco, lástima, susto, confusión, o simplemente enojo con mi amigo por no haberme advertido la locura que se vive a diario a unas cuantas casas de la mía.
Ahora al recordarlo y platicarlo con Alex, solo me da risa. "Don Cigarro", un anciano con enfisema que se rehúsa a retirarse y es dueño de esa casa de locos. La pequeña nieta que juega a ser adulta y que por las tardes cuida de la oficina del mecánico que nunca está porque sigue buscando las refacciones para los carros antiguos. La secretaria que saliendo de la oficina interpreta a Paquita la del Barrio en una cantina de Santa María la Rivera. "El mudo", que lleva las cuentas, hace diseño gráfico, y que cuando se enoja con lenguaje de sordomudos levanta las manos indicando que alza la voz. En fin, mundos ajenos, personajes que probablemente nos topamos a diario, los hemos hecho parte de nuestra cotidianidad, gente invisible, que reaparece cuando realmente queremos verla. Así es la "gran" ciudad, llena de momentos mágicos, gente extraña, pero al mismo tiempo extraordinaria, en todo el sentido de la palabra extra ordinaria.


María Valdivia, serigrafista y estudiante de artes plásticas. magditt@yahoo.com