Antes, según cuenta la señora Mary, dueña de la miscelánea Claudia, una de las más antiguas y populares ubicada en la esquina de Héroes de la Intervención y 11 de Abril, acá por la zona norte del Distrito Federal:
— Mi colonia primero se llamaba Tacubaya, después San Pedro de Los Pinos, hasta que hace algunos años, la nueva delegada de la Miguel Hidalgo le cambió el nombre, por el de 8 de Agosto y algunas de sus "manzanas" pasaron a formar parte de la Delegación Benito Juárez, pero para variar la doña no sabe por qué se armó este merequetengue, así como también yo desconozco el origen del término manzana que todavía se usa para referirse a un grupo de calles en particular.
Lo que si es que, seguro a la delegada debe haberle parecido acertada una demarcación geopolítica para establecer la frontera que delimita la pobreza extrema, la prostitución, el robo, la enfermedad y la vagancia. Separar la mal-vivencia, de la bien-vivencia, del abolengo y tradición propias de los aristócratas, habitantes antaño de zonas residenciales como San Pedro de los Pinos.
Además, por sentido común, ya que sí hay que reconocer que de santos y de pinos mi barrio no tiene más que los que se ven en algunos desafortunados grafittis que engalanan paredes de jacales y vecindades en donde jóvenes inquietos despliegan su imaginación en lo que se conoce como el arte de los bajos mundos.
Y precisamente de ellos, cada día emergen extraños personajes limosneros o como los llama doña Mary "por-dioseros", quienes paradójicamente pululan principalmente por las mañanas o al mediodía, en las inmediaciones de las dos citadas colonias.
A plena luz se pasean sin el menor recato, a veces despojan, otras piden a los conductores y transeúntes que se detienen en las esquinas principalmente de las colindancias con el Periférico, Avenida Revolución y Patrotismo. Ya sea en un alto del semáforo, sorprenden a aquellos que transitan en su automóvil sin reparar en el reloj o la pulserita que lucen en la muñeca; cualquier objeto que pueda despertar el interés de nuestros amigos de lo ajeno, quienes no dudan en arrancarlo del brazo del incauto chofer, de preferencia si es una dama. O si no, también a los distraídos peatones que, después de bajar del micro o de la pesera, caminan confiados entre las calles de San Pedro, haciendo caso omiso de la solicitud de ayuda monetaria de los indigentes, de los mal-vivientes, quienes cansados de pedir que los socorran, con "una limosna por amor de Dios", mejor la hurtan por su cuenta y riesgo.
Además eso de pedir por Dios es otra de las ironías a las que ya los malandrines casi no recurren, son fórmulas trilladas y en extinción, al menos en los rumbos donde yo vivo, sí, porque, a qué Dios podrían estar invocando estos personajes, si en la Ocho ni a Iglesia llegamos: de los hogares y de las almas que los integran, seguro que hasta a Dios le daría miedo ser vecino.
La Ocho es una zona de nichos, o como se les denomina, "de altarcitos o iglesitas" no de cúpulas, altares, púlpitos, sacerdotes, ni confesionarios.
Aquí nadie se confiesa, más bien los judiciales y demás agentes de la ley son los encargados de hacer que los que delinquen —aparte de ellos— confiesen, pero eso sí no de forma voluntaria como en la Iglesia de impecable estilo barroco, situada en el corazón de San Pedro de los Pinos, a la que cada día asisten puntualmente los fieles a cumplir con sus obligaciones de buenos cristianos. ¡No!, las confesiones en la 11 de Abril y zonas aledañas se obtienen a punta de madrazos. Pero eso sí, hay que reconocer que nuestra colonia está plagada de "nichos", pero los construyen siempre vecinos muy machos, aunque suene raro, porque en su interior, hay muchas vírgenes, de todos colores y tamaños, bajo un sinfín de advocaciones, principalmente la guadalupana, mientras que si bien nos va a los que ni las manos metemos, por ahí se puede colar un señor San José y muchos, muchísimos niños-dios.
Bueno pero eso a los "robateros", los tiene sin cuidado porque siempre andan tan borrachos, hambrientos o drogados que no se fijan en nimiedades, los pordioseros son tramposos y retóricos, en su discurso recurren a cualquier argucia, nada sustenta su plegaria, porque no imploran ayuda con humildad, se esconden tras su apariencia, son camaleónicos, ya que si alguno se descuida no le piden, le arrebatan, y si se ofrece hasta sus "cates" le acomodan a la víctima, pa´que no ande de "salsita".
Bien, bien ubicados, aparte de otros barrocos personajes, hay tres mendigos, cada uno se distingue por su atuendo. Aquél que invariablemente anda con chalecos y sacos de color oscuro, andrajos roídos y malolientes amarrados con un mecate o una corbata deshilachada y sin ninguna ropa interior o camisa que cubra su famélico cuerpo; otro que tiene una gran joroba y siempre lleva una bolsita en la mano, y por último un loquito que se la vive insultando a todo el vecindario.
A este último, aparte de sus labores matutinas, le da por salir a deshoras, como dicen los del rumbo: recorre la 11 que es una calle "de bajadita", de ida y vuelta, blandiendo su afilada lengua cargada de improperios en contra de sus invisibles enemigos, rasgando el viento que sopla por la ancha avenida. Interrumpiendo el rutinario silencio de la noche con una serie interminable de mentadas de madre y recordadas de padre… Ni qué hacer, primero porque a fuerza de escucharlo, sus ofensas han ido perdiendo sentido o recuperándolo, no lo sé, la re-petición es mala consejera, encallece el alma, endurece los sentidos…
De manera que este peculiar pordiosero seguirá insultando a nuestra madre y recordándonos que es nuestro padre hasta que la vida interrumpa de tajo su pregón. Es mejor que hable ahora todo lo que se le antoje, total en su efímera y riesgosa existencia, el silencio no tardará en hacerle callar para siempre y lo peor es que nosotros, ni cuenta nos vamos a dar, porque su voz se ha ido apagando, sepultada por la velocidad y el ruido que producen la infinidad de vehículos que circulan a toda hora en el primer, y en el flamante segundo piso de nuestra vialidad más apreciada.
Si, porque del Periférico todo se sabe, es motivo permanente del chismorreo: qué si hay un embotellamiento, que si ya no se puede circular a más de 70 km. por hora, que si hubo un accidente y está bloqueado, que si ya se puede uno ahorrar mucho tiempo con el segundo piso, que si lo cerraron porque va a pasar una luminaria o un político, que si, que sí…
De los limosneros de mi colonia, se sabe menos, mucho menos, seguramente cada uno debe tener su propia historia, mucho más interesante que la del "peri", pero sería prácticamente imposible intentar entrevistarlos. El primero es alcohólico, el de la bolsita se ve que tiene un carácter de los mil demonios: "del cocol", como se dice popularmente, (entre paréntesis, tampoco sé por qué), siempre anda con cara de pocos amigos y nadie se le acerca; y del último, ¡ni hablar!, porque aunque le sobran las palabritas y las palabrotas sería cosa de reconstruir su delirio, el equivalente a buscar una aguja en un pajar, ya que el sentido verdadero es esquivo y resbaloso, como los fuegos fatuos, cuanto más se le busca, menos se muestra.
En todo caso aún no aparece el intrépido que se adentre en las vidas de estos mal-dicientes, mal-dichosos, para conocer sus historias. De manera que el chaleco, la bolsita y todas las mentadas de madre y procacidades que distinguen a estos personajes seguirán siendo un enigma, ya que a ellos como dice un dicho bíblico: "por sus hechos los conoceréis".
Sus conductas que a los extraños, entre los que se cuentan en primer lugar los habitantes de San Pedro y en segundo los de Polanco y La Condesa, pueden parecer exhibicionistas, transgresoras, impúdicas y demás, pero no para los que diariamente los vemos deambular por la avenida y los callejones de la joven aún 8 de Agosto, víctimas de un extravío que apenas si les deja tiempo para atender sus necesidades más elementales.
Para los que aquí vivimos, su presencia y su ausencia forma parte de una lógica y de una gramática diferente, ellos nos han des-alfabetizado. La escritura y la lectura del delito, la miseria y la locura forman un entramado indisociable; los hilos con que se tejen son indiscernibles, indescifrables: no hacen discurso social, lo deshacen.
Sus vidas conforman el agujero por donde se escapa el sentido de la vida; el vacío que se va acumulando en las cloacas de la moral y las buenas costumbres: la gran boca que habrá de tragarse el basurero en que nos hemos convertido, pero "por amor a Dios"…
Paloma Bragdon, Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA), UNAM. palomab@hotmail.com